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domingo, 28 de junio de 2020

LANCETA AÑO II D.L.

     
 Antonio Lanceta era un hombre moreno, menudo, flamenco y elegante. Me incorporé al instituto de San Fernando en 1979. El primer recuerdo que tengo de él era verle sentado en el suelo, recostado sobre la pared, en las escalinatas del acceso principal. Allí dejaba pasar el tiempo en compañía de un par de colegas, o tres o cuatro, indolentemente, a contracorriente del resto. Un día aparecieron sobre el pavimento del rellano de la puerta unas enormes pintadas que causaron sensación. Antes de cruzar el umbral había que pasar sobre el grafitti de un inmenso capullo de trazo rosa. Ocupaba la escena central y se representaba enmarcado por una corona de laurel, creo recordar que rosa también. Flanqueándolo dibujaron dos cojones, derecho e izquierdo, laureados por la parte diestra y su opuesta según correspondía a la composición. No eran nabos vulgares, soeces, éste no era el caso. El color dignificaba el concepto y el dibujo bien proporcionado respondía al pulso firme de una mano experta. Tamaña osadía produjo reacciones de todo tipo y, naturalmente, esa debió de ser la intención del pintor. El autor debió madrugar mucho o acostarse tarde porque el instituto funcionaba todo el día incluyendo el turno nocturno. Siempre pensé que la provocación vino de él, de Lanceta. No nos conocíamos entonces, creo que mientras dejaba transcurrir las horas de clase observaba con desidia de artista a quienes entrabamos y salíamos. Más que egolatría o vanidad en la respuesta  de su mirada se apreciaba socarronería, y la chispa del sentido del humor de un individuo inteligente.
      Volví a coincidir con él en Sevilla., entonces ya tuvimos trato directo. Me hablaba de su profesor en la facultad de Bellas Artes repitiendo sus palabras: “Antonio no me hagas expresionismo”. Porque Lanceta se expresaba, con su físico, con sus maneras y con su trabajo. No tenía paciencia ni dinero para técnica al óleo o acrílica. Dibujaba y coloreaba con lápices de cera sobre cualquier soporte, sobre todo cartón. Pintaba en pequeño formato con la misma soltura que resolvía un cuadro grande. Su constante fueron sus iconos: las mujeres, los cigarrillos, el humo denso, las copas, los gatos y el paisaje de la Sevilla pre-EXPO92. Al igual que los expresionistas representó un ambiente y unos personajes que transmitían angustia existencial, y trataba de emocionarnos distorsionando y exagerando sus gestos. Como propio aportaba un profundo calado flamenco en sus temas (“de música sólo me gusta Camarón”); como artista residente en Sevilla la ironía irreverente ante una tierra de extrema tradición fervorosa. Nos ofreció una infinidad de rasgos que lo hicieron particular como persona y original como pintor. Sus figuras no gritaban como las de Eduard Munch, respondiendo a su propia cultura cantaban por soleá o seguiriya que es mucho más difícil de expresar, de ahí la amonestación de su profesor.

A principios de los el 90 me obsequiaron con mi primer cuadro, por supuesto comprado a Lanceta. Por catálogo me encantaba uno de una mujer con un gato y un pecho fuera, pero lo había vendido. Me regalaron otro, para ser visto desde abajo, que representaba a un hombre ante un velador y su camarero, La última copa, que elocuente.   
                  Licy Ramírez. 

Este texto junto al otro de Antonio Jiménez que ya publicamos el año pasado, estuvieron en una exposición con parte de su obra que con cariño se montó en La Ola de Camilo de su Isla de Camarón.
Siempre en nuestro recuerdo. 

viernes, 8 de noviembre de 2019

ANTONIO LANCETA. EXPOSICIÓN EN LA OLA, LA ISLA DE CAMARÓN

Esta entrada sólo es para rendir homenaje a Antonio Lanceta que será recordado por sus amigos de La Isla en el Bar La Ola, del 09/11/2019 al 29/02/2020.

SIN LANCETA Por Antonio Jiménez Cuenca

Antoñito Lanceta era un ángel bohemio. Llevaba todo el salero de la bahía de Cádiz en sus bolsillos rotos. Y también la luz de colores vivos y pasteles del cielo sevillano con los que ilustraba sus cuadros. Cuadros de viñetas, de comics, de tebeos, peculiares e inconfundibles. Cuando veías una de sus obras siempre decías “mira Lanceta”. Esas calles peligrosas, a medio camino entre la vida y la muerte, con gánsteres piadosos y mujeres de la vida. Siempre en el filo de la navaja y siempre todos fumando, hasta los gatos. Sus gatos, sus marineros, sus flamencas, sus gordos y gordas, sus lumis y sus forzudos, vida de arrabal al límite, habitaciones tórridas en noches cerradas, atmósfera de penumbra tamizada por persianas de palillería. En sus tiras de cómics se respira el dramatismo cómico de su deambular por este mundo, de Triana a la Alameda de Hércules o al Bar París del Piojito de La Isla. Como en sus ilustraciones por encargo; para la apertura del Bar el Pozo Santo, donde el hecho milagroso no fue que el niño caído al pozo saliera vivo sino que saliera seco, con su ropita seca, por intersección de la Virgen. Antoñito lo retrató como los niños de primera comunión. 

O aquella flamenca guapa que viajaba por el mar de las Antillas para tomar café, que realizó para la compañía de flamenco de Paco Moyano, o su reproducción de la Virgen Macarena, serigrafiada y vendida en el jueves sevillano. Su vida está indisolublemente unida a Sevilla y Triana, donde vivía. Pero su querencia a la calle Feria y a la Alameda le empujaba irrefrenablemente a deambular de una a otra. Antoñito Lanceta vivió como soñaba, solo. Por esto Joseph Conrad, al que leía en original, fue uno de sus autores preferido. Aceptó su destino y el sentimiento rápido de la vida. Sin concesiones a nadie, su demonio interior no le dejaba. Como su justa bonhomía que le hizo seguir la senda de los puros. De los flamencos cabales porque él lo fue. Dandi del sur, roquero, flamenco y glam. Había que verlo delgadito como un pincel hacerse de rogar cuando le pedían un cante. Entonces él, al cabo de un rato, emprincipiaba, camaronero fetén, por aquello de “Ya no me cantes cigarra, ya para tu sonsonete…”. Despertaba la curiosidad y el deseo. Estar cerca de él producía la satisfacción vanidosa de la exclusividad: mira quien tengo a mi lado...
Pocos como Lanceta para hablar de cine o de comic o de música o de la vida, de lo mejor que se podía hablar con él era de la vida. Antoñito lo había vivido todo, conocía su destino, sabía a donde iba porque sabía de donde venía. Recordarlo hace emerger una media sonrisa socarrona porque nunca se arrugó de valiente que era. ¡Qué te echamos de menos compare!

Antonio Jiménez Cuenca, Sevilla a 22 de julio de 2019

lunes, 1 de julio de 2019

ANTONIO LANCETA. CAMARONERO E ISLEÑO. AÑO I D.L.



Mientras nos estábamos documentando para el blog "Camarón Vive" acuerdatedejose.blogspot.com nos encontramos con una noticia que hablaba de un espectáculo de Paco Moyano "A tomar café". Hacía un resumen del contenido de la obra y de quienes iban actuar los dias 2 y 3 de marzo de 1990 en el Teatro Isabel la Católica. Pero lo que nos llamó la atención es que reproducían el cartel anunciador que fue diseñado y dibujado por Antonio Lanceta, isleño y camaronero, a quien queremos dedicar esta entrada. 
Va por ti, amigo, ojalá donde vayas sigas disfrutando del cante de tu admirado paisano José.


ANTONIO LANCETA Que la tierra te sea leve.







Granada 2000 Febrero 1990